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Antes de 1936, el béisbol de Grandes Ligas apenas había mirado más allá del territorio continental de Estados Unidos.

Era un juego profundamente anclado a su geografía. Sí, los Gigantes de Nueva York habían viajado alguna vez a La Habana para disputar juegos de exhibición de primavera, pero nada más.

No entrenaron en Cuba. No se quedaron. Fueron visitas breves, casi ceremoniales.

El gerente general de los Rojos, Larry MacPhail, el mánager Chuck Dressen y el dueño Powel Crosley Jr. posan en los entrenamientos en Tampa Bay  en 1935.

Todo cambió en 1936.

Aquel año, impulsado por una visión tan audaz como inédita, Larry MacPhail, gerente general de los Rojos de Cincinnati, organizó una travesía que marcaría un antes y un después en la historia del béisbol profesional.

El equipo zarpó desde la Florida a bordo del vapor SS Borinquen y pasó cerca de un mes entrenando en San Juan, Puerto Rico.

Era la primera vez que un club de Grandes Ligas realizaba su preparación fuera de Estados Unidos.

En suelo boricua, los Rojos no solo entrenaron: también midieron fuerzas con un equipo cubano de estrellas negras, enfrentándose en una serie de tres partidos que captó la atención de la región. El béisbol comenzaba a hablar en español y caribeño.

Luego llegó el siguiente capítulo del viaje.

Tras un mes en Puerto Rico, se organizó el traslado de parte del equipo a Ciudad Trujillo, República Dominicana. Allí, en el Campo Deportivo Municipal, los Rojos se enfrentaron a lo mejor del béisbol local: el martes 3 de marzo contra los Leones del Escogido y el miércoles 4 frente a los Tigres del Licey.

Cincinnati ganó ambos encuentros, pero el segundo quedó grabado en la memoria colectiva. No se decidió hasta la novena entrada, cuando Kiki Cuyler conectó un doblete con dos hombres en base, sellando una victoria 4-2 en un estadio que contenía el aliento.

Resultaba casi poético que el club profesional más antiguo del béisbol organizado llevara el estandarte de las Grandes Ligas a la ciudad más antigua del Nuevo Mundo.

Durante su estadía en la capital dominicana, el equipo fue dirigido por los coaches George “High Pockets” Kelly y Tom Shehan.

Junto a ellos viajaba una figura legendaria: Bill Klem, uno de los umpires más célebres de todos los tiempos y futuro miembro del Salón de la Fama de Cooperstown.

También formaban parte de la expedición tres periodistas de Cincinnati —Jack Ryder, Frank Grayson y Tom Swope—, el médico del club, el Dr. Richard Rohde, y un grupo de jugadores que completaban una delegación de 24 hombres.

No todo era entusiasmo. Algunos peloteros llegaron con temor, influenciados por los rumores de la época que describían la República Dominicana como un destino peligroso bajo la dictadura de Trujillo. Aun así, el béisbol pudo más que el miedo.

El regreso fue otra primicia histórica.

Desde el puerto de San Pedro de Macorís, el equipo abordó un hidroavión Catalina de Pan American Airways, convirtiéndose en el primer equipo de béisbol en la historia en regresar por vía aérea.

El trayecto incluyó escalas en Puerto Príncipe, Haití, y Nuevitas, Cuba, antes de llegar a Miami.

El vuelo no estuvo exento de dificultades —algunos tramos debieron realizarse por tierra—, pero sobre el Caribe y el Atlántico el avión volvió a elevarse, llevando consigo historia pura.

Al día siguiente de su llegada a Miami, los Rojos ya tenían otro compromiso: un partido de exhibición frente a los Atléticos de Filadelfia.

En un solo viaje, Cincinnati no solo entrenó, jugó y voló. Cambió para siempre la relación entre las Grandes Ligas y el Caribe, y dejó una huella imborrable en la historia del béisbol dominicano.