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La noticia más trascendental de la historia dominicana del siglo XX no llegó primero por la radio ni apareció en los periódicos.
Tampoco fue anunciada mediante boletines oficiales ni difundida de inmediato por las autoridades. Durante horas, el país permaneció en la oscuridad informativa mientras un acontecimiento capaz de cambiar el rumbo de la nación acababa de ocurrir en una carretera del sur.
La noche del 30 de mayo de 1961, Rafael Trujillo, el hombre que había gobernado la República Dominicana durante 31 años, fue abatido en una emboscada cuando se dirigía hacia San Cristóbal.
La primera noticia no surgió en Santo Domingo, sino en Nueva York. Desde Ciudad Trujillo, el corresponsal de NBC John Hlavacek informó telefónicamente que el dictador había sido atacado por un grupo de hombres encabezados por el general Juan Tomás Díaz.
Mientras el mundo comenzaba a enterarse de lo ocurrido, dentro del país reinaba el silencio. Nadie se atrevía a confirmar la muerte del hombre que durante más de tres décadas había concentrado el poder político, militar y económico de la nación.
La operación había sido ejecutada por un grupo de conspiradores que decidió poner fin a uno de los regímenes más prolongados de América Latina, desafiando una maquinaria de poder que parecía invulnerable.
No fue hasta las 4:45 de la tarde del 31 de mayo cuando el gobierno anunció oficialmente la muerte del Generalísimo.
Poco después, las estaciones de radio y televisión comenzaron a transmitir la noticia y Joaquín Balaguer se dirigió a la nación para pedir calma y preservar el orden. Sin embargo, la reacción popular estuvo marcada por la cautela.
No hubo celebraciones multitudinarias ni expresiones públicas de júbilo.
Después de décadas de vigilancia, persecuciones y control absoluto, muchos dominicanos observaban los acontecimientos con prudencia, sin saber quién tendría realmente el control del país ni qué ocurriría en los días siguientes.
Mientras la historia política dominicana daba un giro decisivo, el deporte seguía su curso habitual. Aquella misma noche, los Rojos de Cincinnati derrotaron dos veces a los Gigantes de San Francisco para empatar en el primer lugar de la Liga Nacional ante más de 41 mil aficionados en Candlestick Park.
Entre los protagonistas estaban varios dominicanos. Juan Marichal, quien apenas comenzaba la carrera que lo llevaría al Salón de la Fama, lanzó cuatro entradas, mientras Felipe Alou conectó un cuadrangular y Jesús Alou también aportó poder ofensivo en la doble cartelera.
Con el paso de los años, Marichal y los hermanos Alou recordarían la muerte de Trujillo como un acontecimiento liberador. Para aquella generación de peloteros, el fin de la dictadura representó la posibilidad de desarrollarse sin el temor constante que dominaba la sociedad dominicana.
Dentro de la República Dominicana y en otros escenarios internacionales, la vida continuaba aparentemente ajena a los acontecimientos.
En el Estadio Trujillo se celebraban partidos del torneo militar de béisbol, mientras en París Porfirio Rubirosa, Ranfis Trujillo y Radhamés Trujillo participaban en la apertura de la temporada de polo de 1961.
Ninguno de ellos sabía que el régimen que había definido la vida nacional durante más de tres décadas acababa de sufrir un golpe irreversible.
Cuando el país despertó el 1 de junio de 1961, todavía no comprendía todas las consecuencias de aquella noche, pero una nueva etapa de su historia acababa de comenzar.

